Apuntes de un condenado por el 23-F

15,00


Espasa, 2006.

544 páginas

Descripción

Con el poco expresivo título de Apuntes de un condenado se publica ahora una obra póstuma (San Martín falleció en junio de 2004), que recoge análisis políticos, impresiones personales y, en general, rememoraciones heterogéneas desde su colaboración con Carrero Blanco al final de los sesenta hasta su definitiva puesta en libertad en diciembre de 1988. Un lapso, pues, de unos veinte años, en el que San Martín desempeña primero una labor trascendental en la “lucha antisubversiva” como jefe de los servicios de información y espionaje del régimen franquista, pasa luego por el Sáhara en el mo-mento en el que tiene lugar la “Marcha Verde” y ocupa después bajo el mando de Fraga la Dirección General de Tráfico, hasta reingresar en el ejército en 1976.

Tras algo más de cien páginas se entra en el meollo de la cuestión, todo lo relativo al 23-F, empezando por el ambiente militar y político y los preparativos del golpe. Y es aquí donde el lector empieza a sospechar que se le escamotea toda la información interesante mientras que se incide en los aspectos más obvios o se subrayan los perfiles más elementales (inestabilidad política, descontento militar, etc.) Mientras va pasando páginas -el relato es prolijo en algunos aspectos- el lector que se haya acercado a la obra esperando revelaciones se sentirá progresivamente decepcionado y no tardará en comprender que era ingenuo esperar que el autor confesase aquí lo que no quiso revelar en su momento en lugares más adecuados. San Martín se llevó probablemente a la tumba sus secretos sobre el 23-F.

Por el contrario, se habla largo y tendido de factores internos (política de ascensos, la U.M.D.) y externos (presión nacionalista vasca y catalana, el atroz azote terrorista) que terminan por generar de consuno, no ya inquietud, sino indignación creciente en la familia militar, hasta el punto de que la frase ritual entre jefes y oficiales es “¿Hasta cuándo…?” San Martín nos presenta las conspiraciones en marcha como simples charlas de café en las que los militares se desahogan. Cuando no tiene más remedio que reconocer la que se materializó el 23-F, se limita a señalar que se enteró de la misma cuando estaba ya diseñada y enfatiza que se sumó por solidaridad con sus compañeros y por patriotismo, no porque confiara en el éxito de una iniciativa que siempre le pareció tan precipitada en el tiempo como improvisada en sus detalles esenciales. Aparte de algunos lapsus llamativos (hablar de “gobierno socialista” en septiembre de 1981, p. 217), resulta significativo que el autor siga empeñado en caracterizar al 23 F no como “golpe de Estado”, sino simple “golpe de timón”

Las incógnitas del golpe
Un cuarto de siglo después de la intentona golpista, son numerosas las cuestiones pendientes:
¿Fue el 23-F un solo golpe de Estado o más bien tres diferentes (Tejero, Armada, Milans) que convergieron de forma oportunista o circunstancial?
¿Cuántos otros golpes estaban en marcha? De uno de ellos al menos, el de los coroneles, parece que hay indicios no despreciables.
¿Cuál fue el papel del CESID en la intentona?: ¿conocía lo que se fraguaba, intervino directamente o incluso, como sugieren algunos, canalizó en el sentido que interesaba una conspiración preexistente?

Para desenredar tantos hilos que se cruzan habría que preguntarse por el papel del comandante Cortina, uno de los sujetos más misteriosos del 23 de febrero de 1981.
¿Estaba al tanto de todo la embajada USA? La reacción primera de las autoridades norteamericanas fue como mínimo muy cautelosa.
Hay también muchas incógnitas sobre el papel del rey: determinadas frases crípticas, algunas conversaciones que no han salido a la luz o la tardanza en emitir el famoso mensaje, ya de madrugada.
¿Hubo trama civil? ¿Por qué no se quiso llegar a fondo sobre las consignas que se publicaban en El Alcázar?
Tampoco se quiso saber mucho acerca del “elefante blanco” que acudiría al Congreso. Y no se olvide que al principio más de un capitán general estuvo dudando…